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martes, febrero 21, 2006

Nostradamus

Wizards Hat
Considerado el vidente más prestigioso de la historia, los textos de Michel de Nôtre Dame -mejor conocido como Nostradamus- inspiraron una fenomenal industria de best-séllers. Venerado y temido por quienes lo creen un visionario.

Existen bibliotecas enteras con interpretaciones de sus Centurias (10 conjuntos de 100 estrofas). Sus exégetas aseguran que se anticipó a hechos históricos en su propia época y los siglos que siguieron, pero ejercer estas actividades lo arriesgaba a morir quemado por la Inquisición.

Nadie sabe si aplicaba técnicas astrológicas ortodoxas o usaba un don innato. A fin de evitar la persecución, y también porque en las visiones aparecían hechos que no encajaban con las categorías de su época, Nostradamus solía explicar que escribía sus vaticinios en forma de una poesía oscura, sobrecargada de símbolos y metáforas.

Pese a la vaguedad de su lenguaje, el paso de los siglos pareció correr a su favor, aportando sobrecogedoras pruebas de sus habilidades. Las Centurias aún guardarían valiosa información sobre el futuro de la Humanidad. Para sus críticos, no existen pruebas de que Nostradamus haya realizado auténticas predicciones.

Oriundo de Saint Rémy de Provence, en el sur de Francia, Michel de Nôtre Dame (1503-1566) estudió Medicina en la prestigiosa Universidad de Montpellier. El programa de la carrera contenía muchos conceptos que, hoy se sabe, eran erróneos. Por entonces, se practicaba la herboristería y se tomaban medidas higiénicas que combinaban procedimientos adecuados con otros que -a la luz de los conocimientos actuales- eran inservibles o perjudiciales.

En sintonía con una costumbre de la época, una vez graduado, Michel de Nôtre Dame latinizó su apellido como Nostradamus, nombre con el que pasaría a la historia. Combatió epidemias mortíferas de enfermedades que hoy no se pueden identificar con certeza, conocidas genéricamente como “la peste”, motivo por el cual no se puede evaluar su éxito: no se sabe cuántos de los casos que trató eran realmente manifestaciones de la epidemia, o cuadros benignos que se le parecían superficialmente.

En el siglo XVI, la Astronomía aún no se había separado de la Astrología. La Iglesia sólo condenaba la posibilidad de formular predicciones específicas, ya que negaba el libre albedrío y la potestad de Dios para cambiar el futuro. En cambio, aprobaba su uso para diagramar la administración de tratamientos médicos. Por eso se la enseñaba en las facultades de Medicina, y así fue como Nostradamus tomó contacto con ella.

Nostradamus se estableció en la ciudad de Salon, donde vivió la mayor parte de su vida. Entre sus clientes estuvieron los ricos y famosos de la época. Catalina de Médicis, (esposa de Enrique II, rey de Francia) lo invitó a la Corte. Después de su estadía, Nostradamus siguió siendo consultado por la familia real y por otros monarcas europeos. Realizó gran cantidad de diagnósticos astrológicos por encargo y publicó varias colecciones de predicciones: los Presagios, los Sextetos y las famosas Centurias.

Se fantaseó mucho sobre los riesgos que entrañaba para Nostradamus la actividad profética. Para empezar, la Inquisición no alcanzó nunca en Francia la ferocidad que sí tuvo en España. Por otra parte, él era un protegido de la consorte real Catalina de Médicis, famosa por sus simpatías esotéricas. Tras la deserción del rey de Inglaterra Enrique VIII, que estableció la Iglesia anglicana cuando el Papa no respaldó su divorcio, la Iglesia estaba muy poco dispuesta a disgustar a una figura europea muy poderosa hostigando a un asesor suyo.

Las predicciones de Nostradamus eran demasiado imprecisas, y las quejas de sus clientes están documentadas. Del análisis de su correspondencia se desprende que él no era capaz de ejecutar los cálculos astrológicos, los cuales encargaba a terceros, limitándose a elaborar las interpretaciones de los datos (una situación coherente con el hecho de que su formación astrológica provenía de una asignatura menor en la carrera de Medicina).

Pese a que sus predicciones eran oscuras, Nostradamus gozaba de gran aceptación. Su fama comenzó a crecer cuando ejerció la medicina durante las epidemias y alcanzó su cúspide cuando la realeza requirió sus servicios. Nostradamus también incrementó su renombre mediante alguna que otra triquiñuela publicitaria: de origen judío, afirmó que descendía de la tribu bíblica de Isacar, que estaría singularmente dotada para la profecía.

Sin embargo, pocos biógrafos aclaran que es casi imposible rastrear cualquier genealogía hasta los tiempos de las Doce Tribus de Israel. Sus públicas protestas de catolicismo ortodoxo no eran sino una excusa para exigir tolerancia para con sus vaguedades. Hoy se sabe que sus simpatías eran protestantes: llamaba “cristianos” a secas a los reformistas, y “papistas” a los católicos, y no ahorraba críticas para con sus excesos represivos.

La primera profecía histórica que pareció cumplirse se refería a la muerte del rey Enrique II de Francia, esposo de Catalina de Médicis. El monarca murió accidentalmente durante una justa y su viuda encargó un relevamiento de vaticinios a fin de descubrir si alguno de los adivinos o astrólogos a quienes consultaba se había anticipado a la tragedia.

En la Cuarteta 1-35 (estrofa 35 de la Centuria 1) había una serie de imágenes que sugerían el desenlace. No bien esto se supo, Nostradamus se convirtió en una figura reverenciada y temida. A tal punto que sus malos augurios para Inglaterra desataron verdaderas oleadas de pánico en ese país, por entonces adversario tradicional de Francia. Para algunos, entre las razones de Catalina de Médicis para alimentar la figura de Nostradamus habría existido un proyecto de guerra psicológica contra sus archienemigos.

La predicción que convirtió a Nostradamus en un mito viviente permite descubrir hasta qué punto la historia está contaminada por la leyenda. Hoy, los comentaristas de Nostradamus siguen repitiendo que en la justa fatídica Enrique II llevaba un yelmo con visor de oro (“... le vaciará los ojos en su jaula de oro ...”), sin que nadie repare que el oro es un metal blando y deformable. Incluso para hacer joyas -que no están destinadas a soportar los terribles impactos de una batalla de esa época- es necesario utilizarlo en forma de aleaciones con otros metales.

Para el historiador francés Louis Schlosser, por ejemplo, la Cuarteta 1-35 representa el enfrentamiento entre Enrique VIII de Inglaterra y Santo Tomás Moro. Pero ¿qué hizo la diferencia entre Nostradamus y tantos otros videntes a lo largo de la historia? Si él no tenía más para ofrecer que cualquier otro de los miles de astrólogos o adivinos de su tiempo, ¿por qué se siguen recordando sus profecías históricas?

Tal vez la respuesta estribe en que él, en realidad, era un artista. Las Centurias son, ante todo, poesía ajustada a cánones de metro y rima. Sus líneas glosaban la turbulenta historia de los tiempos recientes, a la par que prometían más de lo mismo, y lo hacían con imágenes grandilocuentes y poderosas.

Su época lo ayudó: por entonces la forma de las turbulencias históricas se prestaba a ser expresada en forma de una poesía ampulosa, pero huérfana en detalles. Que alguna de las batallas o disputas dinásticas que predecía llegase a “cumplirse”, era sólo cuestión de tiempo. Hoy no se aceptan excusas para el lenguaje oscuro, hay mayores demandas de información y la política se volvió vertiginosamente compleja.

¿Cuál es el estatus ético del mítico vidente? Se dedicó a una práctica que no contradecía el grueso del conocimiento aceptado en esa época; y le agregó eficacia al inyectarle sentido común y arte.

Sin embargo, abusó de las perversiones del oficio: aunque invocó la amenaza de la Inquisición para justificar sus vaguedades, sus profecías no hubieran sido menos oscuras si pronunciaba nombres que no significaban nada en aquella época. ¿Qué hubiera significado en el siglo XVI “Napoleón Bonaparte” o “Adolf Hitler”? En cualquier caso, se arriesgó más como médico y como activista protestante clandestino que como vidente.

Sin embargo, tampoco sería justo pasarle las facturas que merecen sus exégetas, quienes -por su credulidad, fantasía y oportunismo-, fueron, al fin y al cabo, quienes más se enriquecieron invocando su nombre.
Mariano Moldes © 1998
Primera publicación: revista Descubrir Año 8 N° 85, agosto de 1998.
Buenos Aires, Argentina.

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